Como les había prometido, les traigo otro capítulo imperdible del “Manual de Zonceras Argentinas” de Arturo Jauretche.
Cuando leo este capítulo, recuerdo lo que se ha luchado en estos últimos años por cambiar los horarios tradicionales de comercio en Mendoza a un horario de corrido, que es lo que los pueblos “civilizados” hacen… eso de cortar el día a la mitad es tan ineficiente! y los “pobres” turistas no saben qué hacer a la hora de la siesta… hora en la que todos nos refugiamos en nuestras casas para juntar energías para retomar lo que nos queda del día con el mejor de los humores (si logramos que el choco no ladre, claro está).
Bien, espero que disfruten de este capítulo tanto como yo… ¡Viva la siesta!
¡Oh, necesaria, deliciosa y detractada siesta! Sabios horarios de provincia, que cierran las puertas de los comercios y los talleres; que nos zambullen en un agua de silencio rayado de chicharras, entornando también la puerta del día hasta que llega la tarde, dulce y fresca como sandía recién sacada del pozo, con una boca gruesa y jugosa, abierta en carcajada. De vez en cuando cae por provincias un “profesor de energía”. De esos que han leído Spencer y a Orison Sweet Marden, y desde luego a Agustín Alvarez, los editoriales de los grandes diarios, las opiniones de los normalistas y el “Reader Digest”, y nos abruman con que “time es money” (no es error de tipeo… él lo escribe así), y que nada se debe dejar para mañana.
Image via Wikipedia
Yo los he visto llegar a los países de la siesta, pontificar sobre la molicie de las costumbres y la haraganería criolla, que la siesta simboliza, hasta que la siesta misma, como un hada amable y persuasiva, y un poco maliciosa, los ha ido paulatinamente conduciendo por los caminos del sentido común. Y he visto también rechazarla porfiadamente, hasta el final inevitable, que va resbalando de los vasos de whisky y las botellas de cerveza de las confiter{ias de los clubs, a la caña de los mostradores de boliche y la botella de los bebedores solitarios.
Y no es un descubrimiento mío, pues pertenece a la mejor literatura imperial, nada menos que a Rudyard Kipling: “Ahora bien, la India es un sitio más lejano que los otros, donde uno no debe tomar las cosas demasiado en serio, exepto siempre el sol del mediodía. El mucho trabajo y el exceso de energía matan a un hombre tan seguramente como el reunir muchos vicios”. (Rudyard Kipling, Cuentos de las colinas). El cuento es el de un alumno modelo de Sandhurs, que graduado va a servir en las fronteras de la India, y que como modelo no se allana a las ecigencias del clima. Y lo paga.
La India no es Catamarca, ni Santiago del Estero, pero vale la moraleja. Sólo nuestros “cultos” lo entienden a Kipling, a quien desde luego han leído, pero solo para la India, y no para lo nuestro. En esto como en todo.
Conocí un “profesor de energía” que, increiblemente, era provinciano. Viajaba ya a Tucumán en el verano de 1928. Principiaba enero, y el termómetro del coche comedor del tren batía sus mejores marcas.
En La Banda descendió el Coronel De La Zerda, candidato a gobernador por los radicales anti-personalistas. En el andén una pequeña banda de música, disparos de bombas y el desganado y breve discurso de bienvenida. Después vi salir de la estación el pequeño grupo de partidarios que se alargó en la calle en fila india, pegado a las paredes del norte, como si caminara a pie enuto por el hilo dentado de su sombra que mellaba la vertical solar. En el andén, levemente sombrado, quedamos solos el jefe de la estación y yo. El correspondiento perro pila había vuelto a estirarse bajo el banco, agotado por el esfuerzo de husmearme, y en la punta lejana del andén el auxiliar cachaciento entregaba el aro al maquinista.
- “¿Puede ganar el Coronel éste?…” - le pregunté al jefe.
- “Vea, señor” - me contestó después de una pausa-. “Prestigio no tiene mucho y menos su partido ¡Pero el hombre es muy trabajador!. Y para ratificarlo - después de “tomarse un tiempo” - agregó ponderativamente:
- “¡Figúrese que no duerme la siesta!”
Quedamos en silencio los dos. El santiageño, absorto ante el fenómeno que acaba de señalar. Yo, rumiando la comprobación sociológica que acaba de hacer: la siestas como expresión del arrastre “bárbaro” de las tradiciones hispanoamericanas, y lo que podía significar aquel hombre símbolo cuando, llegado al gobierno, la desterrara de las costumbres y ganando horas al tiempo colocara a Santiago del Estero en la ruta de la civilización europea. Pergeñaba “in mente” un ensayo como para las columnas de “La Nación”, “La Prensa” o “La Vanguardia”, cuando en el momento de volverme en dirección al tren, oí que el santiagueño -y ya se sabe que el paisano tiene dos tiempos- completaba su pensamiento:
- “La verdad, señor, es que no sé qué gana con estar despierto ¡porque como los demás estamos durmiendo…!”.
La dinámica del Coronel De La Zerba me había perturbado hasta olvidarme del sol, de la temperatura, y las demas condiciones naturales qeu rigen la dinámica santiagueña. Tomaba como buen ejemplo el malo, el que no servía para el caso, pues las leyes del caso están dadas por la naturaleza, la que no se puede escapar ni aquí ni en la India, sino por el whisky, la cerveza o la caña, porque el que no se evade de la fresca. Así también los borrachos de sabiduría libresca, que copian en lugar de mirar, y no ven, porque no todos los que miran ven. Inútil decir que el Coronel De La Zerda perdió la elección. Y lo que es más importante: las siestas.
Pero ahora sabemos que Winston Churchill dormía la siesta. Adquirió la costumbre en Cuba, en su mocedad. y puede ser que los tilingos comiencen a ponderar sus excelencias. Ellos son así. El tango vino de los salones de París, y ahora la música folklórica les gusta, porque retorna con pase ultramarino. Es “bian”, y los chicos y chicas aprenden la guitarra.
Que sea por mucho tiempo. Amén.
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