Perón, Peronismo y Peronistas



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Para ayudarnos a separar un poco los tantos....





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Preparando el 17 de Octubre

Spruille BradenImage via Wikipedia

Los hechos hasta aquí narrados se desarrollaron hasta fines del mes de enero del año 1994.

El neutralismo bélico que Argentina sostenía a la par de su nacionalismo económico, con el agregado de las políticas obreras de profunda solidaridad humana que emergían de la Secretaría de Trabajo y Previsión, provocaron en la burguesía pastoril tradicionalmente anglófila, una hostilidad que hábilmente estructurada se logró difundir en amplios sectores de la clase media, cuyas características culturales las tornaban vulnerables a la prédica de la alta burguesía terrateniente, cuyos modelos de comportamiento imitaban.

Necesariamente, estos sectores económicos ligados durante décadas a la dependencia cultural y comercial con Europa, predominantemente Inglaterra y Francia, no podían conciliar posiciones con un gobierno cuyo sustrato ideológico modificaba aquellos términos de intercambio.

El fenómeno de aversión inducida, de que fue fácil presa la clase media, en su relación con el gobierno revolucionario, obedecía más a la rigidez de sus esquemas culturales que a su verdadero sustrato económico. Carecían de todo proyecto de paías que el que le habían forjado desde 1880. Por su estructura de clase fueron incapaces de comprender los cambios que se operaban en la sociedad a la que pertenecían y de los cuales serían involuntarios protagonistas.

Acríticamente se plegaron a las filas de la clase terrateniente, y jugaron un juego que no les era propio, prestando oposición a la irrupción de las masas obreras en la escena política.

De ese modo la clase media respondió en lo ideológico a sus opresores económicos.

Este fue el frente que se erigió en miles de empleados adocenados en el antiguo orden conservador, y de allí en más no tuvieron gran trabajo en hacer causa común con los protagonistas de la vieja historia dependiente y opresiva.

La presistencia de la Argentina en un neutralismo intolerable a los intereses de los EE.UU, desencadenaba su ira a través del departamento de Estado. A los efectos de desacreditar al gobierno y con ello a las políticas soberanas que se daba, el gobierno norteamericano publicó una nota del almirante Storni, en la que con tono conciliador solicitaba un poco de paciencia para llegar a la ruptura.

De allí en más se desencadenó un escándalo diplomático, que se sumó a otras desinteligencias posteriores, motivadas en gran parte por la política de expansión imperialista de los EEUU, que contaba incorporar a la República Argentina a la nómina creciente de sus paíases satélites, aprovechando el debilitamiento de la guerra y su esfuerzo producían en los lazos que hasta entonces la unían al imperio británico, y que el carácter nacionalista del gobierno se empecinaba en cortar definitivamente. Cuando la presión exterior e interior se hizo insostenible el gobierno produjo la ruptura de su neutralidad, en realidad más teórica que práctica. Lejos de tranquilizar el clima político, estos hechos provocaron una conflictiva asamblea del GOU, soporte material e ideológico del gobierno de Ramírez. El áspero debate concluyó en la disolución del Grupo Obra de Unificación. Ramírez trató de capear el huracán exigiendo la renunica de Farrel al Ministerio de Guerra,  Farrell se resistió y con el apoyo de la oficialidad obligó al presidente a delegar el mando en su persona el 24 de febrero de 1944.

Con estos cambios en la cúpula del gobierno militar, Perón pasó a desempeñarse interinamente como ministro de Guerra, nombramiento que generó resistencia en sectores adversos y que llevaron al teniente coronel Ducó, jefe del Regimiento 3 de La Tablada a sublevarse sin èxito, al ser detenido por sus propios oficiales.

Peròn y las dispersas fuersas del ex GOU que le eran adictas, comenzaron una necesaria acciòn de esclarecimiento en las filas del Ejèrcito y cuya ejecución fue confiada al general Peluffo, quien recorrió guarniciones de todo el país, logrando materializar la unidad de los mandos y la obediencia a las órdenes que dictaba el Ministro de Guerra, ocupado por un oficial de menor graduación a la que poseían los comandates, y que no era susceptible de ser aceptado por la mentalidad castrense promedio.

El 2 de mayo el general Peluffo ingresaba al gabinete como canciller, en tanto que Perón era confirmado dos días después como ministro de Guerra. A partir de ese momento se intensifica la búsqueda de respuestas para definir la defensa nacional y sus necesidades impostergables de una industria pesada, acorde a los requerimientos de nuevo proyecto de país.

Semejantes modificaciones en los rumbos polìticos habituales se agregaban a otras reformas consignadas anteriormente, para dar más prurito a la sensible piel de la oligarquía ya para entonces francamente subordinada a la creciente influencia diplomática de los EEUU, que no vacilaba en pronunciarse contra lo que llamaban el “fascismo argentino”.

Estas críticas lejos de disminuirla, aumentaban la popularidad de Farrell y Perón. Sin embargo existían en el seno de gabinete dos tendencias antagónicas, una polarizada por Perón y otra por el general Perlinger, ministro de Interior. El conflicto se desencadenó cuando una asamblea de oficiales debía decidir quién ocuparía la Vicepresidencia de la República, en ese entonces vacante. Perón fue designado para el cargo por una diferencia de seis votos, exigiendo acto continuo la renuncia de Perlinger. El almirante Tesaire le brindó un apoyo sustancial a Perón en esas instancias, consolidando su posición en el esquema del poder vigente.

El presidente Roosevelt trató de aislar al gobierno argentino por cuantos medios tuvo a su alcance, y así forzarlo a entrar en guerra contra Alemania. Sus presiones se extendieron hacia los gobiernos sudamericanos e inglés para que no reconocieran la autoridad de Farrel y a su “fortaleza de la influencia nazi fascista en América”, como gustaba denominarle. El esfuerzo bélico derrumbaba el antiguo poder colonial inglés, contemplando imponentes cómo los EEUU económica y militarmente intactos, habida cuenta de su postergado ingreso a una guerra lejos de sus fronteras, comenzaban a merodear la presa que significaban los dominios ingleses en la América del Sur.

El primer ministro Churchill no estaba en condiciones de presionar en demasía a la Argentina, pues dependía de los vitales suministros de alimentos argentinos, tan necesarios para sus tropas como el armamento de los EEUU les proporcionaba. Esto colocaba a los ingleses en su dilema que su pragmatismo tiñó de neutralidad, entorpeciendo indirectamente el boicot norteamericano.

En marzo de 1945, Edward Settinius reemplazò a Cordell Hull en la Secretaría del Departamento de Estado. El nuevo funcionario comprendiò que no era sencillo desplazar simultàneamente al binomio Farrell-Perón, por lo cual probablemente optó por negociar primero y voltearlos de a uno después, llegada la oportunidad.

Para ejecutar tales designios, fue enviado Spruille Braden como nuevo embajador de los EEUU acreditado en el gobierno argentino.

Las relaciones diplomáticas habían sido restablecidas entre ambos países al avenirse Farrel a declarar la guerra a las potencias del Eje, en las postrimerías del conflicto, pasando de una neutralidad ventajosa en el plano económico a una beligerancia declamatoria aunque ventajosa en el plano diplomático.

El embajador Braden, hombre poco afecto al uso de la razón y de la acción diplomática, dio comienzo a una desembozada injerencia en lso asuntos políticos internos de la Argentina, contraviniendo todas las normas de rigor. En su prédica contra Perón, concentró a todas las fuerzas civiles y militares que le eran adversas, incluidos el general Avalos y el vicealmirante Vernengo Lima. Recorría el país y no perdía ocasión ni tribuna para hostibar al supuesto fascismo de Farrel y Perón. Los sectores agroexportadores tradicionales, como los afines de la Industria y el Comercio, firmaron innumerables manifiestos de oposición al régimen y a sus políticas de reforma y justicia social, las cuales lesionaban sus hasta entonces invulnerables intereses económicos.

Las tensiones políticas se incrementaron durante el invierno de 1945. Se producían concentraciones en las que participaban multitudes. Unas de apoyo a Perón, organizadas por la CGT y su junta de Unidad Sindical; otras hostiles al gobierno y al coronel y de las cuales la Federación Universitaria y la Juventud Comunista eran animadoras permanentes.  El embajador Braden era queien desembozadamente tiraba lo shilos de la marioneta opositora. Encarnaba, para los sectores ligados al comercio exterior y a las finalzas al paladín del nuevo imperio; en tanto par alas multitudes del campo popular, era la punta de lanza de la oposición cerril a la independiencia posible.

A su prédica se le opuso otro discurso, que respondía a los intereses de las mayorías. En todas las ciudades aparecían panfletos, carteles o anuncios que lo denostaban. De nada sirvieron sus reclamos a la Cancillería par frenar un repudio popular imparable.

Cuando a fines de agosto debió alejarse de su cargo, para reemplazar a Rockefeller en la Secretaría Adjunta del Departamento de Estado. los más prominente spersonales de su cortejo criollo lo agasajaron en el Plaza Hotel, y Alberto Gainza Paz, Ricardo Levene, Carlos Saavedra Lamas entre otros, levantaron su copa cuando a los postres. Braden profetizó: “La voz de la libertad se hace oír en esta tierra y no crteo que nadie consiga ahogarla”.

Desde su nuevo puesto Spruille Braden continuaría su hostigamiento a Perón y a su proyecto; los comensales del almuerzo de despedida podían continuar tranquilos su proceso digestivo, su aliado en Washington no claudicaría.

En la provincia de Salta, el 22 de septiembre Perón expresó en una alocución a los pobladores: “Los trabajadores del campo y las ciudades han de unirse para vencer a la oligarquía. Propugnamos el campo propio, la tierra debe ser del que la trabaja y no del que la explota. Ello hará la reforma agraria ya iniciada. El obrero industrial y comercial, como el obrero campesino deben tener todas las mejoras de nuestro plan. Para ello deben unirse con la Secretaría de Trabajo y Previsión, y juntos todos, cortaremos una a una las numerosas cabezas de la serpiente que nos amenaza.”

“O cae la oligarquía o caemos nosotros. Ese es el dilema”. En el contenido del discurso se resumía el perfil de los bandos en pugna.

La tradicional y poderosa sociedad oligárquica, pastoril e importadora, dependiente y europeizante, comenzaba a disgustarse de tanto neutralismo primero y de tanta beligerancia de último momento después, que les impedía de participar activamente en los festejos de la victoria aliada. El triunfo de las democracias aliadas les resultaba ajeno, en tanto no habían aportado sangre argentina a la masacre.

Indudablemente también les resultaba ajeno el coronel Perón, y su marcada tendencia nacionalista, que en su discurso y su acción  atraía magnéticamente a sectores postergados, que ganaban la calle con consignas jamás  oídas hasta entonces.

En el intento de detener el devenir de los tiempos, los intereses adversos al campo popular, desde el poder exterior y con la alianza interior reaccionaria, movilizaron todos los recursos humanos, financieros y materiales en un viaje imposible hacia la prehistoria.

Sin embargo, el porvenir se avizoraba y adelante en el horizonte se agrandaba la figura de un hombre ligado a un proyecto revolucionario, sustentado por la clase obrera y los sectores del ejército identificados con la prédica y la tradición sanmartiniana.

Mas allá de nuestras fronteras, en Yalta, una conferencia de vencedores procedía al nuevo reparto del mundo, en medio del humo y las cenizas que se extendían hasta Hiroshima y Nagasaki.

A fines de septiembre de 1945 los acontecimientos se precipitaron. Oficiales adversos al proyecto en ejecución, comenzaron a presionar a Farrell para que convocara a un pronto llamado a elecciones, “sin continuismos” en franca alusión a Perón. Estos oficiales entreveían al coronel como el verdadero demiurgo, y desde sus reductos en Campo de Mayo y la Escuela Superior de Guerra desarrollaron la conspiración. La piedra de toque de sus hostilidades la constituyó una decisión de Perón, en ocasión de un nombramiento efectuado en Correos y Comunicaciones. A todas estas maniobras no estaba ajena la Junta de Cooerdinación Democrática, de extracción radical y el general Arturo Rawson, quien tras su remoción de la Presidencia había sido designado embajador en Brasil y luego trasladado a Buenos Aires. Ya había estrechado filas con la oposición a Perón, cuando en ocasión de la multitudinaria marcha de la Constitución y la Libertad que la oligarquía organizara, Rawson había arengado a la multitud. Esta y otras maniobras golpistas lo llevarían ante un tribunal militar, quedando en el camino sus ambiciones de poder.

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11:04 am, by nttm

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